Por Rosa Mª Laviña, secretaria y patrona de la Fundación Pedro Zerolo
Este 20 de noviembre duele. Como cada año en el Día Internacional de la Memoria Trans, recordamos a quienes nos ha arrebatado el odio. No son solo cifras: son 281 vidas robadas en el último año, 281 historias truncadas por la transfobia.
A veces, para saber hacia dónde ir, hay que mirar el mapa de quienes nos abrieron paso a machetazos entre la maleza. Hoy, cuando los derechos trans están en el ojo del huracán —y desgraciadamente, en la diana de los intolerantes—, volver a la esencia de Pedro Zerolo no es una opción, es una obligación moral.
Pedro no solo peleó para que pudiéramos casarnos; peleó por una dignidad radical. Y seamos claros: hoy no hay batalla más urgente por esa dignidad que la de nuestras hermanas, hermanos y hermanes trans.
En la Fundación Pedro Zerolo tenemos claro que el activismo no sirve de nada si se queda en una vitrina; tiene que ser una herramienta viva. La comunidad trans siempre ha estado ahí, poniendo el cuerpo. Fueron la punta de lanza en Stonewall y en las primeras manifestaciones en España, enfrentándose a la policía y a la cárcel. Y, aun así, demasiadas veces han sido las últimas en recibir el abrazo de la ley.
Pedro tenía una visión de la igualdad donde no existían las «parcelas» ni la ciudadanía de segunda. Su frase, que repetía hasta la saciedad, hoy resuena como un trueno: “En mi modelo de sociedad no sobra nadie, en el vuestro no quepo yo”
Esa frase está más viva que nunca. Cuando se cuestiona quién es una persona trans, cuando se les exige burocracia para existir o se patologiza su identidad, el mensaje de fondo es que sobran. Y nuestro deber, si de verdad nos llamamos herederos de Zerolo, es gritar bien fuerte que en nuestra democracia la identidad trans no solo cabe, sino que la enriquece.
El miedo es el gran enemigo de la libertad. Las tasas de violencia, paro y acoso que sufre el colectivo son insoportables. Ante esto no vale ponerse de perfil ni hacer leyes tímidas. La respuesta es la visibilidad. Como nos enseñó Pedro: lo que no se nombra, no existe.
«La visibilidad ha sido y es un instrumento fundamental para alcanzar la igualdad»
Defender hoy los derechos trans es defender la vida misma. Es pelear para que una niña trans crezca sin miedo y para que la autodeterminación de género sea un derecho blindado, no un privilegio que se debate en tertulias. La visibilidad trans es un acto político que desafía normas viejas y nos hace más libres a todos, todas y todes.
Vivimos tiempos revueltos donde el odio se disfraza de «opinión respetable». Aquí no cabe la equidistancia. Pedro nos advirtió sobre lo frágiles que son las conquistas sociales: “Los derechos se conquistan, se disfrutan y se defienden. Nadie nos ha regalado nada”.
La Ley Trans y los derechos humanos no son un regalo caído del cielo, son el fruto de décadas de sufrimiento y resistencia. No vamos a dar ni medio paso atrás.
Como nos recuerda incansablemente nuestra patrona, la senadora y activista Carla Antonelli, compañera de batallas de Pedro: «No vamos a volver a los márgenes, ni a los armarios, ni a pedir perdón por existir. Esa España en blanco y negro ya pasó. Hemos conquistado la libertad para no soltarla jamás».
Como bien dice nuestra presidenta, Luisa Estévez: «Reafirmamos nuestro compromiso inquebrantable con las personas trans. Porque el socialismo afectivo, el humanismo y el activismo que Pedro Zerolo defendía se basan en una premisa simple: la felicidad es un derecho político».