Por Miquel A. Fernández García, Director ejecutivo de la Fundación Pedro Zerolo y hermana de Kike Poveda
Hace pocas horas nos ha llamado Mary, su hermana, para comunicarnos el fallecimiento de nuestra “hermana elegida”, Kike Poveda. Saber que se ha ido cuando ha querido y como ha querido —como hizo siempre en su vida— es un mínimo consuelo que arranca una leve sonrisa en medio del dolor inmenso, porque tomas conciencia de que nunca más disfrutarás de su compañía, de las risas y de los intensos momentos activistas compartidos durante los últimos treinta y tres años.
Conocí a Kike en 1993, durante un viaje del equipo del “Paper Gai” de Lambda Valencia, que distribuíamos por los locales de Alicante y Benidorm con la intención de llevar información del colectivo allí donde no existía y, de paso, conseguir publicidad adicional para imprimir más ejemplares. Conectamos de inmediato. Compartíamos códigos festivos similares, a pesar de que él era un anarco convencido y yo un socialista utópico.
Acabamos recorriendo juntos los garitos de todo tipo y pelaje que él conocía al dedillo en Alicante. Me sinceró que tenía el VIH, casi como si me desafiara a comprobar cómo reaccionaba. Al advertir que mi actitud no variaba ni un ápice tras aquella revelación —inusual en aquellos tiempos—, incluso cuando me plantó un morreo provocador en pleno éxtasis festivo, creo que entonces se convenció de que yo era buena gente. Cuando le conté que estaba en pareja y que mi marido, Toni, era como él —otro anarcosindicalista compañero de la CGT por aquellos años—, comenzó una amistad entre los tres que ha permanecido intacta durante más de tres décadas y que terminó convirtiéndose en un pilar esencial de nuestra familia elegida y, para mi marido, en una hermana gemela.
A partir de aquel encuentro y nuestra amistad, impulsó junto a otras activistas Lambda Alicante y, más adelante, posteriores colectivos LGTBI de la provincia.
Como hermana mayor, cuando en 2005 Toni se trasladó definitivamente a Madrid —yo lo había hecho un año antes por trabajo— decidió venirse también, para vivir junto a su familia elegida. A Kike le daba seguridad saber que compartíamos ciudad; a su hermana Mary le tranquilizaba saber que estaba bajo nuestro cuidado y supervisión a la que posteriormente se sumó también nuestra hermana común elegida María José Fuster, patrona de la Fundación Pedro Zerolo e impulsora del movimiento del VIH estatal.
Durante su etapa madrileña dejó una huella imborrable al impulsar el grupo de gais positivos de COGAM y el de mayores con VIH de la Fundación 26 de Diciembre. De aquellos años es el corto documental “Tiras de mi piel”, que realizó junto a Ayo Cabrera, joven canario al que le presentó Pedro Zerolo y con quien conectó de inmediato hasta forjar una sólida amistad. Un corto que, si aún no habéis visto, os animo a buscar en YouTube.
Hace unos años decidió regresar a su “terreta” porque su madre ya era muy mayor y quería disfrutar de ella todo el tiempo posible y, cómo no, de sus extraordinarios arroces, paellas y gazpachos manchegos. Un talento culinario que él también había heredado y practicado con frecuencia en sus años mozos en Murcia, como evocábamos con ironía al referirnos a aquel pasado juvenil que todos transitamos y donde conoció a su hermana elegida Diego.
Desde que fijó su residencia primero en casa de su madre y después en Alicante, ya no nos veíamos con la misma frecuencia, aunque el contacto —especialmente con Toni— nunca se interrumpió. La última vez que nos abrazamos y besamos fue en octubre, en los primeros Premios Jancho Barrios de la Coordinadora Estatal de VIH-SIDA (CESIDA), celebrados en el Palacio de la Prensa de Madrid.
Allí se proyectó, ante el activismo del VIH congregado, su último trabajo y primero como actor, “Piruletas”, producido por la doctora Débora Álvarez. Me impresionó su capacidad interpretativa. Encarnaba a un abuelo gay con VIH y exploraba la relación con su nieto frente a los prejuicios que su hija y su yerno manifestaban ante el afecto profundo y la complicidad entre ambos.
No pudo haber despedida más luminosa que descubrir, por sorpresa, que recibiría el Premio Honorífico Jancho Barrios en su primera edición. Se reconocía así su trayectoria en la defensa de los derechos de las personas con VIH y su valentía en la visibilidad cuando hacerlo implicaba un estigma inmediato y cruel. Fue un superviviente que jamás aceptó serlo desde la sombra ni desde la vergüenza.
Fiel a sí mismo, subió emocionado —y con ayuda— los escalones del escenario y, tras agradecer el reconocimiento, dijo señalando el temblor evidente de su mano izquierda: “No estoy nervioso, es que tengo Parkinson”. El teatro respondió con un aplauso atronador. Así era Kike.
Decíamos que no se había privado de ninguna enfermedad: VIH, diabetes, bipolaridad y, en los últimos años, Parkinson. Pero ninguna logró arrebatarle la libertad ni la alegría, ni le empujó jamás a ocultar nada, tampoco su antigua adicción al caballo en su juventud.
A mí —y pude comprobar que a buena parte del público también— se nos humedecieron los ojos con lágrimas discretas y sinceras.
Sin saberlo, aquel acto fue su despedida perfecta: grande, pública y rodeado del amor de quienes le queríamos y admirábamos.
El pasado viernes Toni y yo teníamos prevista una videoconferencia con él, pero al encontrarnos en Fuerteventura, en el acto de declaración como Lugar de Memoria Democrática del campo de concentración de homosexuales y personas trans de Tefía, la pospusimos al sábado.
Habíamos quedado en que vendría a Madrid el próximo fin de semana para conocer a sus nuevos sobrinos, nuestros recién adoptados gatitos Usum y Truman. Finalmente llamó a Toni para decir que no se sentía con fuerzas para viajar.
El sábado, desde casa de nuestra amiga común Desi Chacón, nos vimos por videoconferencia. Hacía meses que no compartíamos nuestras caras en directo. Estaba sereno, incluso alegre, pese al avance de su enfermedad. Nos contó sus últimos días con amigos —muchos también nuestros—, que había disfrutado de la comida como siempre hacía, que había pasado una jornada estupenda con nuestra querida María José Fuster.
Tras media hora de conversación, nos dijo que nos quería mucho. Sabía que era recíproco y se lo confirmamos. Terminó con un “no os olvidéis de mí” que entonces interpretamos como una frase más de cariño, no como una despedida.
La vida de Kike Poveda es material de novela. Quizá a él no le seduciría una biografía al uso, pero sí tengo claro que será personaje en mi primera novela. Su vida merece ser narrada o, al menos, habitar en alguno de esos personajes que tanto disfrutó encarnar y vivir.
Siempre decía que, además de sidoso y marica, se sentía profundamente antifascista y republicano. Y así permanecerá. Su lema era visibilidad igual a dignidad y se ha ido con la misma dignidad con la que vivió toda su vida.
Adiós, hermana. Saluda más allá del arcoíris a Pedro Zerolo, cuya admiración por ti —y la tuya por él— fue siempre profunda. Ya puedes reencontrarte con Hugo, Makis y Poko y tantos otros a quienes hemos despedido en estos años.
A quienes somos ateos nos consuela pensar que la materia ni se crea ni se destruye. Ese principio nos recuerda que ahora formas parte de la materia del Universo, tan necesitada de espíritus combativos como el tuyo.
Que la tierra te sea leve, querido.
Con amor, tus hermanas y amigas.